“Contramadre”

“Contramadre”

He venido al mundo a ser madre… Todo, excepto mi pequeño Joan (1 año recién cumplido), me importa a día de hoy poco o nada; no obstante, entiendo también a esas mujeres que, estando diseñadas como estamos todas para procrear, renuncian a tener hijos.

Porque la maternidad es el mayor acto de amor y generosidad de todos cuantos puede realizar el ser humano. El amor por el bebé comienza desde el minuto cero en que sientes a “esa personita” en tu vientre. Incluso antes de que empiece a moverse, a crecer, a cambiar tu cuerpo…

Pero hay tantíiiiiiisimo de mito en torno a la maternidad que hay cosas, y muchas, que nadie te cuenta:

El bajonazo post-parto: sí, la depresión post-parto (por recurrir a una etiqueta), ese estado de shock en el que entras en cuanto te ponen a tu cachorrillo en los brazos, exhausta como llega una a ese momento después de dar a luz, y que luego se convierte en cansancio físico y anímico elevado a unos niveles que te descolocan.

El sometimiento a juicio constante: con la presión social sobre la mujer hemos topado… Que si haz esto así, que si el bebé tiene frío, que si tiene calor, que si está gordo, flaco o tiene mucho o poco pelo… Uf, uf, uf… Pero… ¡¡por favor!! Si en esos primeros días o semanas después de parir sólo tienes fuerzas para atinar a hacerlo bien y descansar a duras penas; está una como para aguantar consejos varios del primero que pasa por su lado… ¡¡Ay, madre, qué sinsentido!!

Los sentimientos de culpa y soledad: sí, así es… esa maldita palabra, culpa; un sentimiento por desgracia inherente a la condición de ser madre y que se suma al de soledad… Porque solas estamos todas o la mayoría en esta maravillosa aventura de la maternidad, la más bonita, sin duda, de todas cuantas hayamos emprendido o vayamos a emprender. Porque no nos engañemos, los hijos son de la madre y para la madre.

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Por eso, reivindico el espacio vital de toda mujer, también y más aún, si cabe, cuando ha sido madre; y alabo a todas las que siguen queriendo ser personas; que no, que la vida no se acaba, empieza una nueva, obviamente, diferente.

Admiro y aplaudo a todas aquellas que luchan día a día por seguir trabajando, compatibilizando familia y trabajo; que intentan seguir leyendo, paseando, viajando, que siguen, por ejemplo, enganchadas al teléfono móvil; es decir, a todas aquellas que quieren seguir VIVIENDO (disfrutando de la vida, así de simple y de complejo).

Y a las que pisotean los estereotipos sobre la maternidad, hablando sin tapujos sobre cómo se sienten, sobre lo bueno y lo malo; a las que se ríen del “qué dirán” y son fieles a sí mismas; a las que reconocen abiertamente que no llegan a todo en su día a día y ni tan siquiera lo pretenden; y a las que les da igual la barriguita (léase cambio en el cuerpo en toda su extensión) post-parto y comen todo lo que les apetece. ¡¡Faltaría más!!

A todas aquellas que, en definitiva, defienden su IDENTIDAD COMO MUJERES.

Porque si tener hijos implica limitar nuestro mundo, apaga y vámonos… Y la verdad, no me siento ni peor ni menos madre que otras por seguir queriendo hacer mi vida como persona autónoma e independiente.

Repito… He venido al mundo a ser madre.

(Dedicado a todas las madres primerizas de parte de una madre primeriza y cuarentona súper orgullosa de serlo).

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Delincuentes potenciales

Delincuentes potenciales

Hay una máxima que dice: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan” y que, más o menos, a todos nos hace viajar a la infancia, nuestra patria. Dicho con otras palabras, estamos hablando de EMPATÍA, de ponerse en el lugar del otro, de tratar con consideración y respeto a todas las personas… ¡Empatía, sí!, en mayúsculas, porque es una virtud que quien la tiene, posee un don, es más feliz y logra una relación con el mundo (léase con todo lo que le rodea) más humana, cercana y real.

Algo está pasando, y más que grave podría calificarse de terrible, cuando desde la televisión nos asaltan y sobresaltan casi a diario con noticias sobre acoso escolar, ya sea en vivo y en directo o utilizando la tecnología; estamos hablando de lo que conocemos como bullyng o cyberbullyng, obsesionados como estamos hoy en día por importar términos anglosajones, (aunque eso es otra historia).

Hijos como son nuestros hijos de su tiempo, hoy en día las nuevas tecnologías (Internet, teléfonos móviles o videojuegos en toda su extensión) contribuyen a llevar al seno de los hogares ese acoso a niños o chavales que no pueden desconectar de ese particular infierno que viven a causa de la maldad y crueldad de otros compañeros de clase. Porque, hay que recalcarlo, estamos hablando de violencia física o verbal (o ambas) entre iguales, entre NIÑOS.

Pero ¡claro!… todos vamos tan rápido -contando las horas, minutos y segundos de nuestro día- que nos olvidamos de lo que de verdad importa: educar en valores y principios a nuestros chavales; ¡Y sí!, parece mentira que haya que recalcar algo tan esencial.

En fin… Que el acoso escolar no es más que el síntoma de una sociedad ENFERMA (también en mayúsculas); y no, no me sirven argumentos como que los niños son crueles o que el acoso escolar ha existido siempre ni mucho menos la frase hecha y recurrente “son cosas de niños” para mirar hacia otro lado.

¡Vaya razones de peso para no atajarlo!

No hay más que recordar el caso de Diego, madrileño de 11 años para más señas, y leer la carta de despedida estremecedora que dejó a sus padres (La Carta de Diego) para que pongamos los pies en la tierra al instante.

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Foto Javier Barbancho. 19/01/2016.Madrid. Comunidad de Madrid. Carmen Gonzalez y Manuel Gonzalez,un niño de Leganes.

¿Qué hacen los padres? ¿Qué hacen los maestros? ¿Qué hacen los políticos de turno? ¡¡¿¿Qué hacemos todos??!!

¿Qué hacen los otros niños que presencian ese acoso, esa presión psicológica y/o hacia un compañero del colegio (o instituto) de manera constante y repetitiva? Eso mina la autoestima de cualquiera… ¡¡¡Pero por favor!!!

Ser cómplice de este tipo de actitudes violentas hacia otras personas, en este caso NIÑOS, insisto NIÑOS, es ser responsable. Y no, no hay recetas ni varitas mágicas para que de la noche a la mañana desaparezca el dichoso y desgraciadamente cada vez más popular bullyng. Pero sí podemos educar a los niños (empezando por nuestros hijos) en el RESPETO y la EMPATÍA. Porque ellos también pueden ser verdugos o víctimas.

Y porque, a juzgar por las estadísticas publicadas día sí día también en los medios de comunicación, entre todos estamos contribuyendo a tener una sociedad de DELINCUENTES POTENCIALES (también en mayúsculas, por supuesto). Y no, no exagero.

Para salir corriendo (léase EMIGRAR).