Pistorius y Reeva

Pistorius y Reeva

Una sentencia ha condenado al atleta Óscar Pistorius, también conocido como Blade Runner, a 6 años de cárcel por el asesinato de su novia, la modelo Reeva Steenkamp. Ella es la gran olvidada de una historia de amor con final truncado. Una historia con un juicio mediático que en sí da para el guión de una película; una historia en la que todo es al revés.

Se llaman Barry y June Steenkamp y son los padres de Reeva, quien murió, con 29 años, el 14 de febrero de 2013 (Día de San Valentín), víctima de los cuatro tiros que le disparó su novio, Pistorius, que entonces tenía 26. Unas balas que atravesaron la puerta del cuarto de baño de la casa que ambos compartían.

Apodado Blade Runner por las prótesis de carbono en forma de cuchilla que lleva en las dos piernas, él ha sostenido en el juicio que la mató porque creía que era un intruso que había entrado en la vivienda.

El atleta alcanzó la cima de su gloria al convertirse en el primer deportista de la historia con las dos piernas amputadas en participar en unos Juegos Olímpicos (Londres-2012).

Al conocer ahora la sentencia, no puedo evitar ponerme en la piel de los padres de Reeva y de su hermana, Simone para más datos. Y no alcanzo a pensar qué les pasaría por la cabeza al oír el veredicto: 6 años de cárcel por asesinato.

En Sudáfrica, la pena por este delito es como mínimo de 15 años de prisión. O sea, que el Tribunal Superior de Pretoria le ha condenado a la mitad, y ya ha cumplido un año entre rejas.

También me pregunto qué sentirían los familiares de Reeva al escuchar de voz de la juez la definición del asesino de su hija: “Es un héroe caído que ha perdido su carrera”.

¡¿¿Estos son los héroes de nuestros días??!

¿Es también una leyenda viva precisamente por haber caído de su pedestal de fama y gloria a una velocidad acorde con la que demostraba en las pistas de atletismo? ¿O lo es por haber pasado de atleta modelo y espejo en el que mirarse a homicida y después asesino?

No entro a valorar si disparó preso de un ataque de pánico o por otro motivo; lo que sí que está claro es que hace dos años largos que Reeva no está y Pistorius es ahora  un “héroe caído” y a la vez víctima. No entiendo nada.

Que sí… que ha sufrido depresión (imagino que como cualquiera que está en la cárcel o que soporta un juicio por matar a alguien, en este caso su novia); que ha vivido su particular descenso a los infiernos desde el crimen (primero, condenado por homicidio; después, encarcelado y por último en arresto domiciliario para ser de nuevo condenado y por asesinato); que es una persona más vulnerable que otras por el hecho de tener amputadas las dos piernas (se las cortaron de bebé por un problema genético); todo esto nadie lo niega.

Pero… ¿era necesario que exhibiera esa vulnerabilidad tambaleándose en la sala del juicio sobre los muñones de sus piernas como único apoyo? (Pistorius en el juicio).

Porque, si de lo que estamos hablando es de que la justicia sudafricana ha mirado con mejores ojos al atleta -elevado a la categoría de héroe por una sociedad como la sudafricana que necesitaba y necesita iconos en los que mirarse para enterrar su pasado- más pena me dan, si cabe y por este orden, Reeva, sus padres y hermana.

Ella es la que no está, insisto… la que murió a los 29 años, sí 29, de cuatro tiros; que no se nos olvide, por favor. Él es el que se ha condenado a sí mismo.

Fin de la historia.

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Sepultados por los deberes

Sepultados por los deberes

El debate sobre los deberes escolares está de nuevo sobre la mesa; y sí, parece que los niños viven hoy sobrecargados de tareas, obligaciones y actividades extraescolares. ¡Qué absurdo!

Hace meses, brujuleando por Internet, me topé con una campaña publicitaria que me dejó muda y aún no he recuperado el habla (#LoHacesyPunto); un vídeo que es fruto de la iniciativa de una madre, Eva Bailén para más señas, que propone la racionalización de los deberes escolares.

España es uno de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) con más deberes escolares. Los alumnos hacen 6,5 horas de ejercicios a la semana, frente a 4,9 en los demás países.

Porque que nuestros niños manifiesten estrés o ansiedad es síntoma, sin duda, de que algo no va bien.

Vivimos corriendo, como si cada día fuera una carrera contrarreloj, queriendo exprimir las 24 horas de nuestra jornada para que nos cundan como 48; y ese estilo de “no vida”, diría yo, es el que transmitimos a los más pequeños de la casa.

¡¡Cómo si fuéramos a perder no sé qué tren con destino a no sé qué lugar!!

Me pregunto si no estaremos convirtiendo a los niños en adultos prematuros o, dicho de otra forma, en miniadultos; y me dan ganas de rompe a llorar, la verdad.

Que sí… que está muy bien que nuestros hijos sean responsables; que aprendan el valor del esfuerzo; que hagan los deberes; que asienten en casa los conocimientos adquiridos en el aula; que valoren la satisfacción del trabajo bien hecho, y que traigan del colegio el boletín cargado de notables y sobresalientes, en el mejor de los casos, claro está.

Pero… ¿A qué precio? Porque si en el camino se dejan la infancia, mal vamos; ya tendrán tiempo de vivir como adultos, ya. Y de sucumbir a las prisas o el estrés.

La infancia es jugar, cantar, bailar, pasar la tarde en el parque, subir en bici… No vivir encorsetados en un sinfín de tareas diarias: colegio, libros, obligaciones, deberes y actividades extraescolares, y más libros, más obligaciones, libretas y exámenes. ¡Por Dios! Sólo leerlo, estresa y mucho.

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Me pregunto también cuánto tiempo y de qué calidad pasan los hijos con sus padres que, a su vez, se ven obligados a ser sus “maestros”; o sea, que estamos condenados a una convivencia familiar marcada también por las obligaciones y agenda social infantiles. ¿Dónde está límite? ¿Quién lo fija?

Voy más allá… porque, obsesionados como estamos con que los chavales “hagan los deberes”, el mensaje que damos es que el éxito y la felicidad en la vida pasan necesariamente por estudiar, incluso diría más, por unas calificaciones académicas, reduciendo a la persona a un resultado (léase número). ¡Nada más lejos de la realidad!

Al final, nos olvidamos del quid de la cuestión: ¿aprender o estudiar? Memorizar datos y más datos que luego se vomitan literalmente en un examen, y hacer ejercicios y más ejercicios nada o poco tienen que ver con APRENDER.

Y sí, la vida es un aprendizaje, sin libro de texto ni fórmula magistral que nos indiquen el camino a seguir. Así que reivindico una infancia plena, lejos de agobios y tareas desmesuradas, infumables e inabarcables. En definitiva, lejos de horarios estresantes.

Porque la infancia es la patria (léase nuestro refugio).