Sepultados por los deberes

Sepultados por los deberes

El debate sobre los deberes escolares está de nuevo sobre la mesa; y sí, parece que los niños viven hoy sobrecargados de tareas, obligaciones y actividades extraescolares. ¡Qué absurdo!

Hace meses, brujuleando por Internet, me topé con una campaña publicitaria que me dejó muda y aún no he recuperado el habla (#LoHacesyPunto); un vídeo que es fruto de la iniciativa de una madre, Eva Bailén para más señas, que propone la racionalización de los deberes escolares.

España es uno de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) con más deberes escolares. Los alumnos hacen 6,5 horas de ejercicios a la semana, frente a 4,9 en los demás países.

Porque que nuestros niños manifiesten estrés o ansiedad es síntoma, sin duda, de que algo no va bien.

Vivimos corriendo, como si cada día fuera una carrera contrarreloj, queriendo exprimir las 24 horas de nuestra jornada para que nos cundan como 48; y ese estilo de “no vida”, diría yo, es el que transmitimos a los más pequeños de la casa.

¡¡Cómo si fuéramos a perder no sé qué tren con destino a no sé qué lugar!!

Me pregunto si no estaremos convirtiendo a los niños en adultos prematuros o, dicho de otra forma, en miniadultos; y me dan ganas de rompe a llorar, la verdad.

Que sí… que está muy bien que nuestros hijos sean responsables; que aprendan el valor del esfuerzo; que hagan los deberes; que asienten en casa los conocimientos adquiridos en el aula; que valoren la satisfacción del trabajo bien hecho, y que traigan del colegio el boletín cargado de notables y sobresalientes, en el mejor de los casos, claro está.

Pero… ¿A qué precio? Porque si en el camino se dejan la infancia, mal vamos; ya tendrán tiempo de vivir como adultos, ya. Y de sucumbir a las prisas o el estrés.

La infancia es jugar, cantar, bailar, pasar la tarde en el parque, subir en bici… No vivir encorsetados en un sinfín de tareas diarias: colegio, libros, obligaciones, deberes y actividades extraescolares, y más libros, más obligaciones, libretas y exámenes. ¡Por Dios! Sólo leerlo, estresa y mucho.

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Me pregunto también cuánto tiempo y de qué calidad pasan los hijos con sus padres que, a su vez, se ven obligados a ser sus “maestros”; o sea, que estamos condenados a una convivencia familiar marcada también por las obligaciones y agenda social infantiles. ¿Dónde está límite? ¿Quién lo fija?

Voy más allá… porque, obsesionados como estamos con que los chavales “hagan los deberes”, el mensaje que damos es que el éxito y la felicidad en la vida pasan necesariamente por estudiar, incluso diría más, por unas calificaciones académicas, reduciendo a la persona a un resultado (léase número). ¡Nada más lejos de la realidad!

Al final, nos olvidamos del quid de la cuestión: ¿aprender o estudiar? Memorizar datos y más datos que luego se vomitan literalmente en un examen, y hacer ejercicios y más ejercicios nada o poco tienen que ver con APRENDER.

Y sí, la vida es un aprendizaje, sin libro de texto ni fórmula magistral que nos indiquen el camino a seguir. Así que reivindico una infancia plena, lejos de agobios y tareas desmesuradas, infumables e inabarcables. En definitiva, lejos de horarios estresantes.

Porque la infancia es la patria (léase nuestro refugio).